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martes, 23 de noviembre de 2010

Populismo y Presión fiscal

23 NOV 2010 PRESIÓN

Presión impositiva récord: hay que trabajar medio año para el Estado
Es 31,5% del PBI y es 10 puntos mayor a la de 2001. El impacto sobre los asalariados.

PorSILVIA NAISHTAT snaishtat@clarin.com

Un asalariado que paga todos sus impuestos debe trabajar desde el primero de enero hasta el 17 de junio para cumplir con sus obligaciones tributarias. En Dinamarca el llamado día de la liberación de impuestos es una semana más tarde, llega hasta el 25 de junio. Pero la diferencia de lo que se percibe desde el Estado equivale a los 12.061 kilómetros que separan a Buenos Aires de Copenhage.

En la última década, la AFIP logró lo que anhelaba, Argentina tiene recaudación récord y la presión tributaria más alta de su historia.

Llega a 31,5% del PBI, 10 puntos más que la que regía en 2001 y, de acuerdo al experto Nadín Argañaraz, es lo que explica el alto nivel de gasto.

Medido en términos del PBI, el gasto público de la Nación supera 50% al de 2004. Y si bien aumentó el gasto social y educativo, hay otros ítems difíciles de justificar. La ecuación arroja, así, presión fiscal récord y gasto récord.

Para el ex viceministro de Economía Miguel Bein una buena parte del aumento de recaudación se explica por el alza de los precios internacionales de los productos que exportamos.

Bein apunta que, en promedio, se ubican 45% por encima de lo que cotizaban en la convertibilidad.

Y añade: “La gran novedad es cómo juega la inflación. El Gobierno engorda sus ingresos y a los salarios de la administración pública los actualiza dos veces por año y estira los pagos de distintas obligaciones, con lo que la inflación se convirtió en socia de sus cuentas.
Lee y escucha el discurso más famoso de Malcolm,
Mensaje a las comunidades de base, 10 de noviembre de 1963

“Así como el amo de antaño usaba a Tom, el negro casero, para controlar a los negros del campo, hoy el mismo viejo amo tiene negros que no son más que modernos Tíos Tom, Tíos Tom del siglo XX, para controlarte y para controlarme, para controlarnos, para mantenernos pasivos, pacíficos y no violentos. Es Tom quien te hace no violento. Es como cuando tú vas al dentista y te va a extraer un diente. Tú le pegarías cuando comienza a jalar. Entonces él coloca en tu boca algo llamado procaína, para que pienses que no te está haciendo daño. Por eso tú te sientas allí y porque tienes toda esa procaína en la boca, tú sufres pacíficamente. La sangre corre por tu boca, y tú no sabes qué es lo que está pasando. Porque alguien te ha enseñado a sufrir, pacíficamente.” Malcolm X

Las empresas, además, no pueden ajustar sus costos por inflación, con lo que pagan más impuesto a las ganancias”.

Argañaraz señala que para mantener la recaudación en forma hay una serie de impuestos indirectos que al final pagan los que menos tienen.

Un caso es el impuesto al cheque que se carga en los costos empresarios. Y enfatiza que en las provincias, como los gobernadores no quieren subir el impuesto inmobiliario o las patentes por el costo político que implica, optan por aumentar Ingresos Brutos, que también se traslada a precios. “Esto genera una estructura regresiva y expuesta al ciclo económico ”, dice Argañaraz.

De momento no figura en la agenda oficial una reforma impositiva que apunte a equilibrar mejor el peso de un sistema que tiene en un IVA de 21%, uno de los impuestos al consumo más elevados del mundo . Actualmente la carga tributaria total, entre Nación, provincias y municipios, absorbe 45% de los ingresos familiares.

Por cierto, la presión tributaria en la Argentina (31,5% del PBI) está lejos de la que aplica Dinamarca con el récord global de 47% o la de Italia, Francia y Finlandia con 43%. Aunque también son muchísimo mejores los servicios que presta allá el Estado en salud, educación, seguridad e infraestructura social.
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sábado, 13 de noviembre de 2010

PARADOJAS Entre el progresismo y el socialismo

Publicado el 11 de Noviembre de 2010
Por Adrián Pietryszyn Politólogo (UBA).

Si nos permitimos entonces considerar ‘de izquierda’ al progresismo, aunque lo diferenciemos de la izquierda más radical, como es el trotskismo, nos queda preguntarnos cuál es la diferencia entre el progresismo y el socialismo.

El concepto de progresismo en la República Argentina es tan laxo que permite que bajo su paraguas se agrupen experiencias políticas tanto similares como diferentes, e incluso antagónicas. Por un lado, el gobierno nacional se autodefine como progresista. Por otro, existe un arco opositor conformado por diversas fuerzas políticas críticas del gobierno desde una perspectiva más cercana a la izquierda, y que la opinión pública considera como progresismo o centroizquierda.
Una pregunta lógica para resolver este dilema sería qué es el progresismo. Si podemos arribar a una definición concreta y analizamos si los términos que la componen se adecuan más o menos a una u otra experiencia política, podríamos con alguna certeza señalar qué es y qué no es progresismo. Pero tal vez esa no sea la idea de este artículo. Más bien pretendemos meternos en el propio barro del concepto y revelar contradicciones que él mismo contenga, más allá de los actores políticos que lo toman como propio. En otros términos, cuál es la esencia que permite tantas apariencias.
En este país, la aparición del concepto está vinculada a la experiencia del Frente Grande, una propuesta pluralista por fuera de las estructuras políticas tradicionales, que no incluyó en su seno a la izquierda más radicalizada. Como señala Eduardo Jozami en Final sin gloria, precisamente porque la apelación al progresismo constituía la más amplia de las convocatorias a todos aquellos que quisieran caminar en el sentido de la Historia, es que no podía identificarse con propuestas políticas definidas. Y menos aun con soluciones radicales que hubieran convertido a los progresistas en revolucionarios, dice Jozami. ¿Cuál es entonces el sentido que adquiere el concepto de progresismo en el país? Para este autor, se asocia a la acción de los movimientos sociales y una pluralidad de demandas en defensa de las minorías, del medioambiente, de los derechos civiles y la no discriminación, de la vivienda y la salud. Deberíamos agregar a la educación dentro de este listado, y el rol del Estado como actor fundamental para llevar a cabo estas mejoras.
Ahora bien, para continuar debemos reflexionar por qué la opinión pública asocia el concepto de progresismo a la noción de centroizquierda. Dentro del abanico de concepciones políticas que se ofrece desde la ultraizquierda hasta la ultraderecha, el progresismo tiene como característica distintiva el horizonte de mejoras sociales sin la transformación del sistema. Es decir, su esencia lo aleja de la derecha, pero sus propios límites respecto a un objetivo revolucionario, lo dejan en el zaguán de la divina izquierda.
Sin embargo, el siempre lúcido Norberto Bobbio en su libro Derecha e izquierda: razones y significados de una distinción política, nos decía que en última instancia lo que distingue a la izquierda de la derecha es la preocupación por la igualdad. O sea que una experiencia progresista que avance, por ejemplo, en la redistribución de la riqueza, en la inclusión social, y en otras formas de disminución de la desigualdad social, puede ser considerado de izquierda de acuerdo a esta noción, a nuestro entender sumamente adecuada para una lectura conceptual de la actualidad.
Si nos permitimos entonces considerar “de izquierda” al progresismo, aunque lo diferenciemos claramente de la izquierda más radical, como es el trotskismo, nos queda preguntarnos cuál es la diferencia entre el progresismo y el socialismo. Conceptualmente la diferencia es evidente. En el Diccionario de Ciencia Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, la primera acepción refiere que en líneas generales el socialismo se ha definido históricamente como el programa político de las clases trabajadoras que se ha formado en el transcurso de la Revolución Industrial. Por supuesto que a través del tiempo, el concepto se ha vuelto mucho más amplio, pero en principio, la base social que le da vida al socialismo es sustancialmente diferente a la del progresismo.
Sin embargo, hoy en día, con las transformaciones que ha sufrido (o más bien se ha dado) el capitalismo y las miles de variables que atraviesan la política y que mutan constantemente, el resultado es bastante confuso. En la Argentina actual, los partidos socialistas suelen definirse como progresistas. Nos preguntamos si esto quiere decir que ya no representan a las clases trabajadoras, que han desistido de sus pretensiones revolucionarias o que simplemente se han aggiornado a los tiempos que corren.
Hay una explicación histórica a este cambio del sujeto social que encarna el socialismo y en nuestra región tiene que ver con el surgimiento del populismo. Según el mencionado diccionario, al populismo no le corresponde una elaboración teórica orgánica y sistemática. Ordinariamente, el populismo está más latente que explícito en el plano teórico.
El propio nombre de populismo evoca al pueblo como sujeto colectivo, pero es impensable sin un fuerte liderazgo político. Por mencionar algunos, Cárdenas en México o Vargas en Brasil han sido claros exponentes. Pero en la Argentina fue Juan Domingo Perón el que dio vida a una experiencia de estas características. El sujeto pueblo, conformado por una gran mayoría trabajadora, protagonizó una gran transformación social bajo el ala de Perón, y el socialismo quedó relegado a la representación de clases medias ilustradas e intelectuales, pero ya no de los trabajadores como clase. De esta manera, ilustres socialistas como Alfredo Palacios o Alicia Moreau de Justo pasaron a ser considerados “gorilas” por los sectores peronistas.
Luego de la caída del Muro de Berlín, el socialismo quedó estigmatizado como una idea irrealizable, o inapropiado como realización de una sociedad justa.
Por el contrario, muy bien visto por muchos sectores sociales, el progresismo goza de respeto público e incluso numerosos burgueses lavan sus culpas en las aguas cálidas del ser “progre”. Es comprensible entonces que el socialismo, para deshacerse del estigma, pero también para diferenciarse del peronismo, se vistiera de progresista.
Por otro lado, sin miedo a pecar de baladí, pareciera que el socialismo ha pasado de moda. Socialismo es Cuba y, tristemente, nadie quiere ser Cuba.
Por eso, el gobierno se autoproclama progresista, los socialistas se dicen progresistas y la centroizquierda se llama progresista. Pero en definitiva, será progresista sólo aquel que tenga la capacidad de avanzar sobre la desigualdad social. Decimos adrede “avanzar”, y no “acabar con la desigualdad”, porque qué otra cosa puede ser una sociedad sin desigualdad, sino socialista. Quedará observar en el caso argentino, si algunas medidas de carácter progresista, si la sanción de algunas leyes de misma índole, son suficientes para considerar al gobierno progresista, o si pesan más aun las desigualdades vigentes.